De pesca en Ixtapa Zihuatanejo

El despertador sonó a las 4.30 y sin dudarlo nos pusimos en pie y aunque no sería sino hasta dentro de unas cuantas horas que nos embarcaríamos, siempre hemos preferido despertar temprano y madrugar; disfrutar de aquella sensación de ausencia que solo existe durante los primeros minutos de las primeras horas del día.

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Es en esos minutos cuando el silencio es tan fuerte y abarca tanto que puedes olvidarte incluso de tu propia presencia. Nos gusta despertar con tiempo para darle tiempo al cuerpo de despertar.

Desde la tarde anterior hemos hecho algunos preparativos; limpiamos las cañas, seleccionamos los anzuelos, las carnadas. Los carretes ya están montados, las líneas están perfectas y firmes.

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Hoy no hay luna y de no ser por el tenue reflejo de las luces mortecinas en su vasta densidad, pensaría que el mar se ha ido; pero no, está ahí, muy en calma y muy en silencio, acompañando a los pescadores nocturnos que flotan sobre el cómo nubes en el cielo. Y a veces pienso; cuánto es lo que habrán visto en alta mar, cuantas conversaciones, cuanta soledad y cuanta compañía han encontrado en esas horas infinitas en donde solo hay agua y silencio. Y puede ser que después de las horas de espera regresen con algo y puede ser que regresen sin nada y tal vez sea por eso que sin importar cuantos años lleven pescando siempre agradecen la fortuna de volver con las redes repletas y los anzuelos llenos.

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Son las 7.00 am y en el muelle la actividad es intensa, los pescadores de la noche recién están regresando y ya los primeros esperando, como siempre son los pájaros y los gatos; siempre les toca algo. También está el señor del pan con su canasto en la cabeza mirando entretenido como un grupo de hombres arrastra a duras penas una lancha al agua y ya también están las señoras con la vendimia del día,

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los bolillos con relleno de puerco van de mano en mano y el olor del café se mezcla con la briza marina; ya se siente el calor y poco a poco los sentidos se habitúan, los sonidos se hacen cada vez más intensos, entre el trinar de los pájaros y las voces que no se detienen se distingue el rugir de los motores ya impacientes por zarpar.
Son las 7.00 am; los pescadores de la noche están regresando y ya el sol está por despuntar cuando los pescadores del día apenas están zarpando.

Texto y Fotografía: Mishel Espinal

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