Cuento Costeño de Una Poblana.

Hoy me ha despertado una tremenda sensación de hambre. Y es que la noche anterior me había distraído con una y mil cosas; hubo una de esas fiestas que se llaman domingos culturales y entre el estar mirando las caderas de la bailarina del fuego y los de la danza azteca brincando y haciendo ruido con sus cascabeles, se me fue el tiempo.

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Cuando recordé que también debía cenar ya no había nada; así es que al otro día, muy muy temprano, la más importante de mis necesidades primarias me obligo a interrumpir mi descanso. Me gruñían las tripas.

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Eran como las 6 de la mañana y no sé si haya sido por mi urgencia de alimento o por la intensa calidez de estos días, que el olor del pescado a estas horas tan tempranas me pareció insoportablemente excitante, casi tanto como las caderas de la bailarina del fuego. Cualquiera en mi lugar perdería la razón y la mesura pero a fuerza de haber acumulado varias malas experiencias y muchos más desencuentros aprendí a ser más precavido y a esperar el momento correcto, cuando no haya nadie que pueda interrumpirme en mis quehaceres.

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Cada amanecer; antes de abrir los ojos, acostumbro a quedarme tendido un ratito más; a veces no logro distinguir que es lo que realmente me apura, si es el hambre o el sueño. Cuando me despierto lo primero que hago es escuchar; antes de asomar las narices me aseguro que todo esté tranquilo a mí alrededor y es que duermo en una panga, a cielo abierto y uno nunca sabe.

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He dormido aquí durante varios años y no hay nada en este mundo que me haga sentir más tranquilo que el sonar de las olas. Puedo decir, sin siquiera levantar la mirada cuando el mar esta picado o cuando hay marea alta y así puedo saber lo que habrá para comer cuando los pescadores regresen. He escuchado a las olas; su arrullo noche tras noche y día tras día y me sucede muy a menudo que de tanto escucharlas me quedo dormido, eso ha motivado la injusta idea de que soy perezoso pero no es así, de hecho me considero bastante activo y para ser honesto y no es por adularme, mi agilidad y mis capacidades son envidiables. No todos lo saben pero desde aquí, desde mi panga, he podido llevar un registro mental de todo lo que sucede. Conozco a todos por sus nombres y se como suenan y como huelen y gracias a que tengo una excelente memoria sensorial puedo alertar el peligro incluso antes de que suceda.

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Pero para ser franco y repito, no es porque sea un perezoso, no hay nada que disfrute más que perderme en el arrullo de las olas y tumbarme en mi panga para hacer la siesta. Dicen que al morir, si has sido bueno iras al cielo, yo considero que he sido suficientemente bueno y si he de irme a alguna parte y me dieran la oportunidad, elegiría este lugar para pasarme la eternidad.
Comería pescado todos los días y todos los días me arrullaría en el sonar de las olas.

Fotografia y texto: Mishel Espinal.